sábado, 3 de abril de 2021

Alergia primaveral

De una forma simplista, podemos decir que la alergia es aquel proceso que tiene lugar en nuestro organismo, cuando nuestro sistema inmunitario da una respuesta exagerada a cualquier estímulo externo. En condiciones normales, supongamos que estamos respirando partículas de polen, en nuestro aparato respiratorio se desencadenan respuestas como el estornudo o la tos para evitar que entren éstas en nuestras vías respiratorias, aumenta la secreción de moco y se cierran un poco los bronquios para evitar que penetren más profundamente esos pólenes y se queden pegadas en la mucosidad. Si esto mismo se produce de forma intensa y con cantidades mínimas de polen apareciendo tos continua, salvas de estornudos, aumento de la secreción de mucosidad y broncoconstricción intensa, efectivamente estaremos evitando la entrada del polen, pero de una forma que también estaremos provocando daños en nuestro organismo, y es esta forma de reaccionar excesiva, lo que conocemos como alergia. Aunque es raro con las alergias a pólenes, a ácaros o a epitelios de animales y es más propio de reacciones alérgicas a medicamentos o a alimentos, se puede provocar una respuesta tan intensa que puede poner en peligro la vida de quien la sufre, al producirse una afectación de todo el organismo con hipotensión y dificultad respiratoria, denominada shock anafiláctico y que constituye una emergencia médica.

Las alergias están en un claro aumento de su incidencia en la población general, pues se calcula que en la actualidad con respecto a los datos de hace los últimos 40 años, el número de alérgicos a determinadas sustancias se ha duplicado e incluso en algunas alergias, triplicado, estimándose que el 25% de los niños en la actualidad ha sufrido alguna alergia, y es que, en el desarrollo de esta patología, cada vez tienen más peso los factores medioambientales frente a los puramente genéticos. Los últimos datos, nos avisan de que en dos décadas es posible que el 50% de la población de países industrializados haya desarrollado una alergia.

Entre las causas que están provocando el aumento de la incidencia está sin lugar a dudas, el auge de la industria química, que cada vez lanza nuevas sustancias y en mayor cantidad a nuestro entorno, pudiendo actuar como alérgenos o sustancias capaces de provocar una alergia, ya sea en lo que comemos, en lo que respiramos, o en todo aquello que entra en contacto con nuestra piel. Pero estas sustancias químicas también pueden actuar por otro mecanismo mediante el que amplifican e intensifican la respuesta alérgica o favoreciendo la penetración de estas sustancias en nuestro organismo. En este sentido, hace unos años se publicó un estudio realizado en Japón en el que se comprobó que los niños que vivían cerca de autopistas tenían más alergias y eran más intensas que los niños que residían en zonas rurales con una mayor concentración de pólenes. Por si esto fuera poco, estas partículas procedentes de la combustión sobre todo de los motores diésel, también nocivas para las plantas, son capaces de provocar que éstas fabriquen ciertas proteínas para defenderse, proteínas que las hacen más alergénicas. Estos hechos se han podido comprobar en estudios realizados también en España como el llevado a cabo en el hospital Vall d´Hebron de Barcelona.

La otra vía por la que están aumentando las alergias, está explicada perfectamente por la “teoría higienista”, que defiende que un exceso de higiene y un ambiente excesivamente estéril en los primeros años de vida, donde a los niños se les vacuna frente a cada vez más virus y bacterias, se emplean numerosos antibióticos frente a cualquier infección, se esteriliza todo lo que nos rodea (biberones, chupetes, suelo,….), provoca que nuestro sistema inmunitario preparado para defendernos de gérmenes y que necesita para su maduración de los estímulos microbianos, al “verse sin trabajo” se dedique entonces a defenderlo de otras sustancias que no son patógenas, identificando una simple partícula de polvo, de polen o del pelo del gato como un cuerpo extraño peligroso, o incluso cometa errores por esa falta de “entrenamiento” reaccionando de forma anómala frente a sustancias que no tendrían por qué provocarnos una alergia.

Estos hechos explicarían la paradoja de por qué hay más personas con alergia y con síntomas mucho más importantes en zonas urbanas frente a las zonas rurales y debe quedar claro que no estoy invitando a rechazar la higiene, los planes de vacunación o los antibióticos cuando son necesarios, pero sí es cierto que deberíamos de sobreproteger menos a nuestros menores y a nosotros mismos.

Las alergias a los pólenes, aparecen cuando se produce la polinización, siendo diferente para cada planta o especie vegetal, por lo que podemos ver cómo hay personas que sus síntomas los experimentan en diferentes momentos del año. Lo normal es que los síntomas se circunscriban a la zona de las vías respiratorias altas, apareciendo como síntomas, el picor nasal, de ojos o incluso oídos, el aumento de la secreción nasal en forma de mucosidad muy fluida y poco adherente y los estornudos en forma de salvas. Es lo que se conoce como fiebre del heno. A veces los síntomas pueden afectar a las vías respiratorias bajas apareciendo con dificultad para respirar, siendo incluso audibles sin necesidad de un fonendoscopio los llamados pitidos o sibilancias con el consiguiente desarrollo del asma bronquial. Además, cada vez son más frecuentes las alergias a diferentes elementos, no ya sólo a pólenes, sino que coexisten por citar un ejemplo con alergias al epitelio del perro y a la leche.

Las pruebas alérgicas tienen solo una justificación cuando se propone como tratamiento el empleo de las vacunas, ya que, para elaborarlas necesitamos conocer a qué se es alérgico. Estas vacunas contienen una pequeña cantidad de esa sustancia a la que somos alérgicos que se va aumentando en cada dosis para que nuestro cuerpo se vaya acostumbrando y la tolere, que es lo que se conoce como “desensibilización”, considerándose el único tratamiento capaz de modificar el curso natural de la enfermedad. Sin embargo, las vacunas solo son eficaces frente a los alérgenos que nos hemos vacunado (puede haber otros muchos más, ya que es imposible hacer pruebas cutáneas para todos los pólenes de plantas o todos los epitelios de animales). Una vez terminado la vacunación, algunas personas pueden no volver a tener síntomas frente a los alérgenos que se habían incorporado en la vacuna, pero otras con el tiempo pueden volver a presentarlos o incluso manifestar alergias nuevas.

En cuanto al tratamiento, las alergias se tratan con antihistamínicos y corticoides en los casos de peor control a los que se pueden asociar broncodilatadores si está comprometida la función respiratoria. Frente a estos medicamentos no exentos de efectos secundarios, disponemos de numerosos recursos no farmacológicos capaces de controlar los síntomas del proceso alérgico, pudiendo combinarse remedios que disminuyen la respuesta alérgica con otros que cubren los síntomas locales. Entre las plantas medicinales capaces de modificar la respuesta alérgica, tenemos numerosas opciones, entre las que podemos destacar:

  • Onagra (Oenothera biennis): Tiene propiedades antihistamínicas, por lo que puede ser muy útil para las urticarias en ingesta oral y para los eccemas provocados por la alergia cuando la aplicamos tópicamente. Su uso previene la aparición de alergias respiratorias y reduce sus síntomas.
  • Reishi (Ganoderma lucidum): Posee distintos principios activos que actúan sobre el fenómeno alérgico, pues es antioxidante, antiinflamatorio, antihistamínico y en las concentraciones y cantidades adecuadas puede actuar como la cortisona.
  • Escutelaria (Scutellaria baicalensis): En este caso, ejerce una acción es similar a la que ejerce el cromoglicato disódico, impidiendo que los mastocitos liberen histamina. Además, contiene sustancias antioxidantes que neutralizan los efectos tóxicos de los radicales libres.
  • Sol de oro (Helychrisicum stoechas): Posee propiedades antihistamínicas que ayudan a contrarrestar los síntomas alérgicos.
  • Quercetina: Suele extraerse de la planta Sophora japonica L., pero está ampliamente distribuida en el reino vegetal, siendo la cebolla el alimento que la contiene en mayor cantidad. Inhibe la liberación de leucotrienos, que son los mediadores químicos responsables de la contracción de la fibra muscular lisa del árbol bronquial entre otros, relacionados con la broncoconstricción de los fenómenos asmáticos, por lo que es útil en el asma alérgico.
  • Grosellero negro (Ribes nigrum): Actúa sobre la glándula suprarrenal estimulando la síntesis de cortisol endógeno que tiene la propiedad de ser un gran antiinflamatorio y de tener los efectos de los corticoides sin los efectos secundarios de éstos.
  • Fumaria: Posee una acción muy importante antihistamínica, por ello se usa con éxito en las alergias y el asma.
Por último, como soluciones no farmacológicas, debe considerarse a la acupuntura y a la homeopatía que también han demostrado una alta eficacia pudiendo complementarse también muy bien con la fitoterapia. Como ve, existen multitud de opciones terapéuticas en el tratamiento de la alergia, pero recuerde que para elegir bien cuál es la que mejor puede irle a usted, debe consultar con un buen profesional.

martes, 16 de marzo de 2021

¿Pueden los probióticos ejercer algún papel en la COVID-19?


El papel de la microbiota digestiva y pulmonar y la utilidad potencial de la suplementación con probióticos en la COVID-19 no están completamente establecidos, aunque los resultados de estudios sobre otras enfermedades infecciosas parecen sugerir un efecto beneficioso. Los probióticos han demostrado eficacia en la prevención de infecciones de repetición de vías respiratorias, gastroenteritis infecciosas y sepsis, habiéndose asociado también con una menor incidencia de neumonías asociadas a ventilación mecánica en pacientes hospitalizados en unidades de cuidados intensivos.

En la COVID-19, los probióticos podrían tener un efecto terapéutico a través de diferentes mecanismos moleculares, capaces de influir tanto en la transmisibilidad del SARS-CoV-2 como en la respuesta inmunológica del huésped.

Como el virus SARS-CoV-2 se transmite también a través de las heces, especialmente en niños, la administración de probióticos podría interferir con este mecanismo reforzando la barrera epitelial intestinal y compitiendo directamente con la proliferación del SARS-CoV-2. Además, los probióticos específicos también son capaces de potenciar la respuesta inmune local y sistémica, implicando también al sistema respiratorio a través de una compleja red de interacciones con el sistema inmunológico y el microbioma respiratorio, creando un “eje intestino-pulmón” que finalmente favorecería el aclaramiento del agente infeccioso. De hecho, influir en el microbioma intestinal puede conducir a una mayor producción local y sistémica de diferentes citoquinas proinflamatorias con actividad antiviral, como los interferones tipo 1.

Además, los probióticos pueden mejorar la actividad del sistema inmunológico innato y adaptativo con diferentes mecanismos moleculares, entre los que se incluye el aumento de la expresión de los receptores tipo toll (TLR) y de la actividad de las células presentadoras de antígenos.

Aparte de los mecanismos moleculares, que sugieren una utilidad potencial de la suplementación con probióticos en la COVID-19, también se tienen datos interesantes de pacientes con otras viriasis como la infección por influenza.

En estos pacientes, la administración de probióticos se asocia con una mejoría clínica, con un aumento de la respuesta inmune adaptativa humoral y celular contra el virus y también con una mejor respuesta inmune humoral después de la vacunación.

Finalmente, el microbioma tiene un papel en la modulación de las respuestas inmunes e inflamatorias. Influye en el equilibrio entre los linfocitos T helper 17 (con actividad proinflamatoria) y linfocitos T reguladores (antiinflamatorio), evitando así la sobreactivación del sistema inmunológico. Por lo tanto, en la COVID-19 los probióticos podrían reducir los niveles sistémicos de citoquinas proinflamatorias, asociadas con la “tormenta de citoquinas”, y causar una elevación de las citoquinas antiinflamatorias séricas, como la IL-10.

Aunque representa una terapia adyuvante prometedora, se necesitan más estudios para definir la población que podría beneficiarse de la administración de probióticos. Además, es necesario definir mejor la cepa de probióticos (o una mezcla de cepas) que se utilizará, la posología y la duración de los tratamientos. En este sentido, es importante destacar que la mayoría de los estudios sobre la prevención de infecciones respiratorias pediátricas se realizan utilizando cepas de Lactobacillus, Bifidobacterium, o mezclas de ambas, con una duración variable, que suele oscilar entre 3 y 12 meses.

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viernes, 5 de febrero de 2021

Menor mortalidad por COVID-19 con un mayor nivel de omega-3 en sangre

No hay duda de que la actual pandemia de la COVID-19, está suponiendo un gran reto para la comunidad científica internacional. Se espera y desea, que las vacunas puedan retrasar en breve la propagación del SARS-CoV-2 y que los medicamentos consigan disminuir los efectos adversos de la infección, pero urgen medidas preventivas, que sean asequibles, seguras y de fácil acceso para la mayoría de la población. En la actualidad, se está acumulando numerosas evidencias sobre el potencial de la vitamina D, que al igual que los ácidos grasos omega-3, tienen múltiples efectos antiinflamatorios y también pueden reducir el riesgo de resultados adversos de COVID-19.

Un grupo de investigadores del Instituto de Investigación de Ácidos Grasos (FARI) y colaboradores del Centro Médico Cedars-Sinai en Los Ángeles y en el condado de Orange (Estados Unidos), han publicado en la revista ”Prostaglandins, Leukotrienes and Essential Fatty Acids” un estudio en el que se evidencia que tener unos niveles más altos de ácidos grasos omega-3 en sangre se relacionan con un menor riesgo de muerte por COVID-19.

Su trabajo, partió sobre la base de investigaciones previas, en las que se relacionaban a los ácidos grasos omega-3 de cadena muy larga (EPA y DHA) por sus propiedades antiinflamatorias, como posibles candidatos para reducir la morbilidad y la mortalidad por la infección por COVID-19.

Este estudio piloto se realizó en 100 pacientes para probar la hipótesis de que los niveles de EPA + DHA en los glóbulos rojos (índice Omega-3, O3I) estarían inversamente asociados con el riesgo de muerte tras analizar sus muestras de sangre extraídas en el ingreso hospitalario.

En la fase grave de la COVID-19, se produce una elevación rápida de citocinas inflamatorias, como las TNF-alfa, IL-1β e IL-6, que conducen a la llamada "tormenta de citocinas", por lo que, desde el punto de vista preventivo, sería importante minimizar la liberación de citocinas. Los ácidos grasos omega-3 de cadena muy larga (DHA y EPA) que se encuentran en los aceites de pescado, entre sus múltiples actividades biológicas incluyen directa e indirectamente la modulación de las respuestas inflamatorias y la liberación de citosinas y tener unos niveles altos de estos omega-3 en sangre, se asocian con niveles más bajos de citocinas inflamatorias circulantes, habiéndose comprobado que el EPA y DHA son precursores de un conjunto de mediadores que resuelven la inflamación (MRI; resolvinas, maresinas y proteínas) capaces de resolver de la inflamación aguda.

Los resultados confirmaron que el riesgo relativo de muerte fue aproximadamente cuatro veces mayor en aquellos con un O3I más bajo en comparación con aquellos con niveles más altos, lo que sugiere que estos ácidos grasos pueden ayudar a reducir el riesgo de resultados adversos en Covid-19.

Existe un debate científico sobre si son más aptos para mejorar los niveles de estos ácidos grasos en sangre los suplementos procedentes del pescado o del krill, pero a la luz de los resultados de las investigaciones, estos niveles se consiguen de forma más rápida e intensa con la toma de suplementos de krill.

Referencia bibliográfica: AsherA, Tintle NL, Myers M, Lockshon L, Bacareza H, Harris WS. Blood omega-3 fattyacids and death from COVID-19: A pilot study. Prostaglandins Leukot EssentFatty Acids. 2021 Jan 20;166:102250.

viernes, 29 de enero de 2021

Sistema inmune, aliado contra la covid-19

Aún recuerdo, no sin cierta nostalgia, una frase que me impactó cuando empezaba a dar mis primeros pasos dentro de la medicina naturista, un aforismo hipocrático que habla de la “Vis Medicatrix Naturae”, es decir la fuerza curativa de nuestra propia naturaleza, de nuestro cuerpo. Hoy ante esta pandemia de Covid-19, hacemos todo al contrario de lo que nos enseñaba Hipócrates de Cos, nos hemos olvidado de la capacidad defensiva que de forma innata posee nuestro organismo, para delegar todo el peso del tratamiento en agentes externos como son los fármacos y las vacunas, esperándolos como si fuera a llover maná del cielo para que nos resuelvan el problema que se nos ha generado, no confiando y olvidándonos de esa capacidad restauradora y sanadora de nuestra propia naturaleza con la que todos contamos.

Nuestro organismo está expuesto constantemente a microorganismos (bacterias, virus, hongos y parásitos) que se encuentran en cualquier superficie de nuestro cuerpo, ya sea interna o externa, muchos de los cuales son capaces de originar enfermedades graves si invaden los tejidos más profundos. Además, estamos expuestos intermitentemente a otras bacterias y virus del ambiente (distintos de los que suelen encontrarse en nuestro organismo) que pueden causar enfermedades mortales como la neumonía, meningitis o gangrena gaseosa.

Afortunadamente, la naturaleza es sabia y nuestro organismo tiene un sistema especial para evitar estas situaciones y combatir los diferentes agentes infecciosos y tóxicos, el sistema inmune. Nuestro sistema inmunológico, o lo que es lo mismo, nuestras defensas, está formado por un conjunto de mecanismos mediante los cuales nuestro organismo es capaz de reconocer a elementos extraños (antígenos), fabricando frente a estos, sustancias (anticuerpos o respuesta humoral, mediada por inmunoglobulinas, citoquinas, complejo mayor de histocompatibilidad y sistema del complemento ) o células (células inmunocompetentes o respuesta celular, mediada por leucocitos o glóbulos blancos) que reaccionan con los primeros, manteniéndose así la integridad del organismo.

Pero cuando en nuestro sistema inmunológico se alteran tanto la respuesta celular como la humoral, nos hacemos más propensos a las infecciones, apareciendo catarros, otitis, neumonías, etc., lo que podría debilitar aún más nuestro sistema inmunológico, cerrándose un círculo vicioso que cuesta romper como es fácil ver en los niños (por inmadurez inmunológica) y personas mayores (por inmunosenescencia) que sufren constantemente procesos infecciosos de repetición. Y por supuesto, aumenta nuestra susceptibilidad entre otros muchos patógenos, frente al coronavirus SARS-CoV-2 y con un sistema inmune debilitado, hay más posibilidades de pasar un COVID-19 grave.

Por ello, sin descartar el empleo de los fármacos que nos puedan proponer nuestros médicos, es muy interesante fortalecer a nuestro sistema inmune, para que, en el caso de una infección, ésta transcurra de la forma más leve posible, sin poner en compromiso nuestra vida. En este sentido, poseemos numerosas opciones de tratamiento con el empleo de sustancias inmunoestimulantes que mejoran nuestra respuesta frente a las agresiones externas, campo donde las plantas medicinales y los suplementos dietéticos han demostrado una importante eficacia, no sólo por su efecto antiinfeccioso, sino por su capacidad de estimular a nuestro sistema inmunológico, para que éste combata la infección más eficazmente.

El sistema inmunológico está íntimamente relacionado con una buena alimentación tanto en cantidad como en calidad que nos aporte todos los nutrientes necesarios para un buen funcionamiento del organismo, pudiendo influir con la dieta en la respuesta inmune. Por ello es necesario que incluyamos en nuestra dieta todos los grupos de alimentos, en las proporciones adecuadas, para lo que es aconsejable consultar con un profesional si es necesario incluir vitaminas y suplementos dietarios, pues son ellos los que pueden determinarlo. Debe reducirse el consumo excesivo de bebidas alcohólicas, grasas saturadas, azúcares y sal, tan abundantes cada día más en nuestras dietas, que debilitan nuestras defensas. Por el contario, también podemos ayudar a nuestro sistema inmune con alimentos con propiedades inmunoestimulantes como el ajo, los alimentos ricos en vitamina C y bioflavonoides (naranjas, limones, pomelos, …), el magnesio (frutos secos, legumbres, cereales y germinados) o el zinc (frutos secos y sésamo). La dieta, además, debe ser rica en antioxidantes.

Aunque son motivo de discusión científica sobre su utilidad, existen numerosos estudios que avalan la eficacia de ciertos suplementos sobre el sistema inmune que evitan en muchos casos los procesos infecciosos al estimular mecanismos de nuestras defensas tanto a nivel humoral como celular, y en los casos de que se produzca, que ésta sea menos intensa y se acorte el proceso de recuperación. Entre ellos, podemos destacar en el caso concreto del SARS-CoV-2:

Equinácea: Muy útil en el tratamiento de resfriados y gripes, entre otras propiedades. Los arabinogalactanos son los principios activos del efecto inmunoestimulante. Disminuye las citoquinas inflamatorias que juegan un papel en la progresión de la tormenta de citoquinas y el síndrome de dificultad respiratoria aguda (SDRA), factores responsables de las muertes por COVID-19, aunque los estudios no se han realizado in vivo frente al SARS-CoV-2. Solo un estudio reciente con un extracto de E. purpurea, ha demostrado el efecto virucida in vitro frente al coronavirus del resfriado común HCoV-229E, MERS-CoV, SARS-CoV-1 y SARS-CoV-2.

Lactoferrina o lactotransferrina: Tanto la lactoferrina como los péptidos derivados de ella poseen actividad antimicrobiana (antibacteriana, antiviral y antifúngica) y es considerada un componente de la inmunidad innata. Inhibe la entrada de los coronavirus en la célula actuando mediante diversos mecanismos, estimula la síntesis de interferón que inhibe la replicación del virus y limita el daño de los tejidos debidos a la cascada de citoquinas modulando su producción.

Reishi (Ganoderma lucidum): De sus componentes bioactivos, los betaglucanos son las moléculas más implicadas en la mejora de la respuesta inmune, ya que disminuyen la gravedad de los síntomas físicos de las infecciones del tracto respiratorio superior y acortan el número de días con síntomas cuando se administran durante el proceso infeccioso. Están presentes también en otras setas como el Shiitake (Lentinula edodes) y poseen efectos como inmunomodulador, disminuyendo la cascada de liberación de citoquinas proinflamatorias y como protector de las células del aparato respiratorio, por lo que se han postulado como un posible tratamiento eficaz frente a la infección por SARS-CoV-2.  También estimulan la producción de citoquinas antivirales como TNF‐α, células NK y macrófagos y mejora la inmunidad entrenada. Otras setas medicinales que se han propuesto para el tratamiento de esta infección vírica son el Maitake (Grifola frondosa) y el Chaga (Inonotus Obliquus).

La actividad antiviral del propóleo se asocia con la presencia de compuestos fenólicos que bloquean o reducen la adsorción y entrada del virus en las células, por lo que se considera que puede ser más adecuado para la profilaxis, al igual que la miel. Actualmente, se está realizado un estudio en Brasil para evaluar el impacto del uso del extracto de propóleo verde brasileño (400 u 800 mg / día por vía oral o por sonda nasoenteral) sobre el tiempo de dependencia de la oxigenoterapia y el tiempo de hospitalización de los pacientes con COVID-19.

La vitamina C contribuye al normal funcionamiento del sistema inmunológico y su deficiencia afecta más la inmunidad celular que la humoral. Existen estudios que concluyen que tiene poco efecto en la concentración de inmunoglobulinas, aunque otros muestran lo contrario. También se ha observado un crecimiento en la actividad bactericida y quimiotáctica de los neutrófilos. La vitamina C ejerce sus propiedades antivirales apoyando la actividad de los linfocitos, aumentando la producción de interferón-α, modulando las citoquinas, reduciendo la inflamación, mejorando la disfunción endotelial y restaurando la función mitocondrial. También hay sugerencias de que la vitamina C puede ser directamente virucida y los mejores efectos se han observado en la aplicación intravenosa. Además, es necesaria para formar colágeno, con lo que contribuye al mantenimiento de las barreras naturales contra las infecciones.

Los compuestos derivados del ajo (Allium sativum) tienen el potencial de disminuir la expresión de citoquinas proinflamatorias y revertir las anomalías inmunológicas a niveles más aceptables. El proceso de replicación viral se acelera con la principal proteasa estructural del SARS-CoV-2, que puede ser neutralizada con este alimento. Además protege del daño  alveolar.

Glutamina: Es un precursor del glutatión, un poderoso antioxidante. Es quizás el aminoácido más importante en la nutrición inmunológica. Aumenta la actividad citotóxica de las células natural Killer y mantiene una adecuada proliferación y función de los linfocitos, células Killer y macrófagos. Además, posee efecto antiviral directo frente a diferentes virus como el del herpes.

Vitamina D: Mejora la barrera física contra los virus y estimula la producción de péptidos antimicrobianos. Puede prevenir las tormentas de citoquinas al disminuir la producción de citoquinas inflamatorias. Aunque existe discusión, parece que unos niveles bajos de esta vitamina se asocia con un mayor riesgo de COVID-19 y un peor pronóstico en el curso de la enfermedad. En general en las infecciones respiratorias, la deficiencia de vitamina D se asocia con un agravamiento de la inflamación pulmonar, lo que conduce al síndrome de dificultad respiratoria aguda (SDRA) con daño del epitelio respiratorio e hipoxia.

Melatonina: Posee efectos antiinflamatorios y antioxidantes y protege al pulmón de las lesiones agudas y del cuadro de dificultad respiratoria aguda propia del COVID-19. Es inmunorreguladora, reestableciendo las células inmunitarias durante la noche, hecho de vital importancia en pacientes añosos con inmunosenescencia. Juega un papel importante en las etapas de proliferación y maduración de las células asesinas naturales, linfocitos B y T, monocitos y granulocitos y mejora la presentación de antígenos, por lo que se están realizando numerosos estudios para valorar el efecto preventivo en pacientes de riesgo y como tratamiento en pacientes de UCI.

Zinc: Es importante para el desarrollo y mantenimiento de las células inmunes. La deficiencia produce una disminución tanto de la respuesta humoral como celular (sobre todo los linfocitos T) y a largo plazo aumenta la inflamación y sus biomarcadores. Una vez que penetra el SARS-CoV-2 en nuestras células, necesita para su replicación una enzima llamada ARN polimerasa dependiente del ARN, que puede ser inhibida por el zinc. Sin embargo, le es muy difícil entrar en la célula, por lo que necesita de un trasportador (ionóforo), entre los que destaca el galato de epigalocatequina del té verde y la quercetina de la cebolla. Darlo sin éstos, no parece tener demasiada efectividad en el curso de la COVID-19.

Quercetina: Posee propiedades como antioxidante, antiinflamatoria, antiviral e inmunoprotectora. Se ha estudiado en varios tipos y modelos de infección viral debido a sus prometedores efectos antivirales en la inhibición de polimerasas, proteasas, transcriptasa inversa, supresión de la ADN-girasa y unión de proteínas de la cápside viral.

La deficiencia de selenio puede ser un factor de riesgo de mortalidad por COVID-19. Aumenta ña activación, proliferación y diferenciación de células T CD4.

Probióticos: Existe una influencia clara del microbioma intestinal en la respuesta inmune a la infección por Covid-19 y deberían emplearse tanto en la profilaxis como complemento del tratamiento.  Además, está demostrado el efecto antiinflamatorio y antiviral, que podría ser útil en la COVID-19. Las células dendríticas presentes en el intestino controlan los mecanismos de la tolerancia inmunológica, a la vez que son capaces de iniciar una respuesta inmunológica activa ante un patógeno invasor. Curiosamente son incapaces de desencadenar respuestas inmunitarias en condiciones de esterilidad total, y necesitan de la presencia de una microbiota con la que interactuar. Decir por último que los probióticos tienen efectos cepa-dependientes, es decir, no todos aportan los mismos beneficios; no todos sirven para todo y se necesitan más estudios en esta enfermedad, pero está claro que su aporte, previene y mejora el pronóstico de quienes padecen la infección por SARS-CoV-2.

Existen otros numerosos suplementos que podemos aconsejar a los pacientes que quieran prevenir o tratar un COVID-19, como la dimetilglicina, el hipérico, la consuelda menor, los ácidos grasos omega-3, las vitaminas del grupo B, la jalea real, etc. No es cuestión de tomar todo, sino de seleccionar en función de cada paciente, lo que con criterio puede ser mejor para él, por lo que como siempre, le recomiendo que se ponga en contacto con un profesional de la salud para poder ofrecerle el mejor tratamiento.

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