viernes, 18 de marzo de 2022

Un nuevo ensayo clínico confirma que el empleo de insaponificables de soja y aguacate (Arthrocen) reduce la inflamación sistémica y calidad de vida en pacientes con artrosis de rodilla.

El estudio aleatorizado, doble ciego y controlado con placebo valoró las muestras de suero de los 119 pacientes con artrosis bilateral de rodilla de leve a moderada para comprobar la eficacia y los efectos de la administración de insaponificables de aguacate/soja (ASU) con una dosis de 300 mg/día, sobre los cambios de citoquinas involucradas durante 3 meses..

Además se procedió a la recogida de datos clínicos mediante los principales cuestionarios que se emplean para valorar los síntomas de la artrosis como son el índice de osteoartritis de las universidades de Western Ontario y McMaster (WOMAC), una encuesta breve de 20 ítems (SF-20), el índice de gravedad de la osteoartritis de la rodilla de Lequesne (LISOK) y tres escalas analógicas visuales (EVA).

Los niveles séricos de mediadores químicos que intervienen en la patogénesis de la artrosis como las interleuquinas 2 (IL-2), IL-4, IL-10, IL-17α y factor de necrosis tumoral alfa (TNF-α) se midieron mediante la técnica ELISA.

Los niveles séricos de interleucinas antiinflamatorias 4 y 10 también aumentaron, mientras que los niveles de citocinas inflamatorias IL-17 y TNF-ɑ disminuyeron significativamente en comparación con los grupos de control durante el tratamiento valorados a los 3 y 6 meses.

Los resultados demostraron también que tanto los índices de calidad de vida, la sensación de dolor y la puntuación de los cuestionarios especializados en valorar la artrosis que se emplearon, mejoraron significativamente en pacientes con artrosis que recibieron ASU.

Los autores concluyeron que el consumo de ASU puede aumentar la calidad de vida en pacientes con artrosis a través de la mejora de la inflamación y la mejora de la incapacidad funcional sin efectos adversos a largo plazo.

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lunes, 10 de enero de 2022

COVID-19 vs gripe


Con toda probabilidad, durante la pandemia de la COVID-19, hayamos escuchado que la infección por el SARS-CoV-2, tiene muchas similitudes con la que produce el virus de la gripe o influenza, ya que ambas son enfermedades respiratorias contagiosas que se transmiten mediante un virus. Además, pueden tener síntomas comunes que hace que a veces se confundan, por lo que hay que recurrir a otras pruebas diagnósticas por las dudas que suscitan incluso entre el personal médico más avezado. Para complicar aún más la situación, existen numerosos virus respiratorios, responsables de catarros simples o incluso las alergias, que pueden dar síntomas similares con lo que aumenta la confusión y la posibilidad de error en el diagnóstico. Sin embargo, a pesar de las múltiples semejanzas que poseen, también presentan claros síntomas y signos diferenciadores que nos pueden permitir saber cuándo estamos ante una infección por uno u otro virus.

Entre las diferencias, la más importante es el agente causal, pues se trata de infecciones por virus diferentes, siendo en la gripe los virus de la influenza A y B pertenecientes a la familia Orthomixoviridae, y en el caso de la COVID-19, el virus SARS-CoV-2, un tipo de coronavirus.

En cuanto al mecanismo de transmisión, tanto la COVID-19 como la gripe pueden propagarse de persona a persona entre personas que están en contacto cercano entre sí (a menos de 1´5-2 metros de distancia) especialmente en espacios cerrados y mal ventilados. La transmisión de ambos procesos infecciosos es similar, pues se contagian a través de gotitas de saliva que se liberan al hablar, toser, estornudar o cantar. Las partículas víricas exhaladas y vehiculizadas en estas minúsculas gotas, pueden penetrar en las vías respiratorias al ser inhaladas o pueden propagarse de una persona a otra cuando tocamos una superficie donde han podido depositarse estas gotas cargadas de virus bien directamente procedentes del árbol respiratorio de quien contagia, o de forma indirecta como por ejemplo ocurre al estrechar la mano de alguien que ha estornudado o tosido y se ha tapado con la mano. Tras entrar en contacto con esas superficies contaminadas si nos tocamos la boca, nariz u ojos, podremos contagiarnos.

De esta forma de contagio, se derivan las principales medidas preventivas como son el aislamiento de los enfermos, el uso de mascarillas y la higiene de manos y superficies.

En el caso de la COVID-19, la probabilidad de transmisión es más alta, ya que se contagian de 2 a 3 personas por cada persona infectada en comparación a 1,3 personas por gripe común, aunque con las nuevas variantes como la ómicron, esta cifra es aún superior

Ambas infecciones víricas, comparten síntomas comunes como son la fiebre, tos, cansancio (astenia), dificultad para respirar (disnea), dolor faríngeo, congestión nasal, dolores musculares, cefaleas o síntomas digestivos como náuseas, vómitos y/o diarrea También sus complicaciones más graves, pueden ser similares, pues puede aparecer neumonía, síndrome de dificultad respiratoria aguda, infartos, miocarditis, encefalitis, ictus e incluso muerte.

No obstante, hay diferencias reconocibles. La mucosidad nasal, tos y dolor de garganta son más comunes en los catarros y gripe y la fiebre alta, la diarrea, el cansancio y la tos en la COVID-19, pero muy especialmente en esta última la pérdida del olfato y la alteración en el sentido del gusto.

La variabilidad de los síntomas como vemos, es muy amplia y hay pacientes que la pasan de una forma prácticamente asintomática, que pueden recuperarse perfectamente en sus domicilios, a otros donde los síntomas son intensos precisando ingreso hospitalario.

Por último, la gravedad de los síntomas es mayor en la COVID-19, siendo la principal complicación la neumonía que en algunos casos precisa ingreso en UCI y provoca una mayor mortalidad en comparación con la gripe, al menos 3´5 veces más alta frente a los casos de gripe.

El curso evolutivo es también diferente, el periodo de incubación que va desde el momento del contagio hasta la aparición de los primeros síntomas, en la infección por SARS-CoV-2 suele ser de unos 5 días, aunque puede alargarse hasta los 14 días, mientras que en la gripe este espacio de tiempo es de 1 a 4 días.

En cuanto a la contagiosidad y la velocidad de transmisión, la de la COVID-19 es mayor que la de la gripe, especialmente en las nuevas cepas descritas como las delta y delta plus, en las que las últimas investigaciones apuntan también a un cambio en los síntomas más comunes, donde el dolor de cabeza y la secreción nasal pasan a ser los indicadores más habituales de infección por estas variantes. Esto hace que muchos pacientes puedan confundirlo con un "resfriado fuerte" y no ser conscientes del contagio de coronavirus. También son menos comunes los síntomas más característicos de la COVID-19, como la falta de aire y la pérdida del gusto.

El espacio de tiempo en el que es contagiosa una persona con gripe o influenza, va desde el día anterior a la aparición de los síntomas hasta una semana después de haber debutado con la infección, aunque los recién nacidos y las personas inmunodeprimidas pueden serlo durante periodos más largos, situándose el periodo de máxima contagiosidad en los primeros 3-4 días de la enfermedad. En cuanto a la COVID-19, es posible que las personas puedan propagar el virus aproximadamente desde 2 días antes de manifestar los primeros signos o síntomas (o posiblemente antes) y permanecer contagiosas durante al menos 10 días después de la primera aparición de los signos o síntomas. Una persona asintomática o cuyos síntomas desaparecen puede seguir contagiando por al menos 10 días después de su resultado positivo en la prueba de detección del COVID-19. Las personas hospitalizadas con casos graves de la enfermedad y las personas con el sistema inmunitario debilitado pueden contagiar durante al menos 20 días o más.

Las complicaciones de la COVID-19 con respecto a la gripe, también son diferentes, pues en la primera pueden aparecer trastornos de la coagulación y como posibles consecuencias clínicas de este proceso, destaca la potencial aparición de trombosis, entre las que se incluyen principalmente la embolia pulmonar o la trombosis venosa profunda. En el caso de los niños, la infección por SARS-CoV-2 puede provocar un síndrome multisistémico inflamatorio en el que se produce una inflamación grave de algunos órganos y tejidos, como el corazón, los pulmones, los vasos sanguíneos, los riñones, el aparato digestivo, el cerebro, la piel o los ojos.

A corto-medio plazo, la COVID puede presentar multitud de síntomas que se conocen como síndrome post-COVID-19, muchos de los cuales son síntomas persistentes y otros síntomas nuevos. El síndrome post-COVID-19 se define por la persistencia de signos y síntomas clínicos que surgen durante o después de padecer la COVID-19, permanecen más de 12 semanas y no se explican por un diagnóstico alternativo. Los síntomas pueden fluctuar o causar brotes. Se ha descrito en pacientes con independencia de si pasaron una COVID-19 leve o grave. Fatiga, cansancio y dolor de cabeza son los síntomas persistentes más frecuentes después de haber pasado la COVID-19. La falta de aire también es frecuente, pudiendo ser ocasionalmente grave, y pueden persistir o intensificarse los dolores y debilidad musculares, mareo, palpitaciones, dolor de pecho, pérdida del olfato o del gusto, tos, febrícula, dolor de garganta, dispepsia y otras molestias abdominales, lesiones cutáneas, parestesias, una mayor dificultad para concentrarse o problemas de memoria.

Se han descrito además pacientes que tras la infección permanecen con secuelas cardíacas después de haber padecido un infarto de miocardio o una miocarditis o aparecer insuficiencia renal o una eliminación elevada de proteínas en la orina, sin olvidar trastornos psicológicos, como la ansiedad o el insomnio e incluso depresión más grave o de estrés postraumático. Otras complicaciones que podemos encontrar son la diabetes, hipertensión e incluso los problemas neurológicos: desde la falta de coordinación hasta una menor tolerancia al calor.

En cuanto al tratamiento hoy en día se están administrando unas mal llamadas vacunas para la COVID-19 que en el fondo no son vacunas, ya que éstas previenen y nos preservan de sufrir una enfermedad y hasta ahora eso no ocurre con las “vacunas” comercializadas hasta la fecha en la transmisión de la infección por SARS-CoV-2, ya que lo único que consiguen es que pasemos una COVID-19 más leve (lo cual no es poco), pero no evitan que nos podamos contagiar y contagiar a la vez a los demás. Sin embargo, con la vacuna de la gripe, sí podemos decir que previenen de la gripe y que por tanto estamos ante una auténtica vacuna.

Para ambos casos, se disponen de antivirales, que solo han demostrado una relativa eficacia y no están exentos de efectos secundarios.  En el caso de la gripe, se utilizan por ejemplo el oseltamivir o el zanamivir. En el de la COVID-19, se han utilizado numerosos fármacos antivirales a nivel hospitalario cuyo uso ha quedado invalidado con el paso del tiempo, ya que no aportaban ningún beneficio, estando en la actualidad las esperanzas puestas en el molnupiravir que sería el primer fármaco antiviral de uso no hospitalario que podría administrarse el paciente en su domicilio ante la aparición de los primeros síntomas. En España se está desarrollando posiblemente uno de los antivirales más potentes que se conocen la plitidepsina, que produce la ascidia, un invertebrado marino, presente en las aguas de algunos mares, como el que rodea a Ibiza.

Desde la medicina integrativa son numerosas también las opciones que se nos proponen, existiendo una cierta evidencia científica con el empleo de moléculas naturales como el propóleo, la equinácea, las vitaminas C y D, el zinc, la quercetina, la lactoferrina o la melatonina por citar algunos y recuerde que la mejor medicina es la preventiva y no la que cura o palía los síntomas, por lo que un sistema inmunológico fuerte que se consigue con hábitos saludables, puede ser el mejor remedio para combatir esta infección.

jueves, 12 de agosto de 2021

Azafrán, una planta que podría ayudarte a dormir mejor

El insomnio y los trastornos del sueño son motivos de preocupación importantes en todo el mundo, pero especialmente en las sociedades occidentales donde presentan una alta prevalencia. Además, puede generar problemas durante las actividades diarias, induciendo astenia, déficit de atención, inestabilidad anímica, ansiedad o incluso depresión. El insomnio se asocia también con una reducción del volumen del hipocampo, de los niveles de ácido gamma-aminobutírico cortical (GABA) durante el día y modificación de la actividad del núcleo caudado.

Para tratar esta enfermedad, existen fármacos eficaces, como las benzodiazepinas o los agonistas de los receptores de las benzodiazepinas, pero el uso de estos fármacos debería restringirse por su tolerancia y el riesgo elevado de dependencia, morbilidad y mortalidad con el uso a largo plazo, por lo que la búsqueda de compuestos seguros y eficientes sin efectos adversos es fundamental.

Existe una creciente e importante evidencia científica sobre la eficacia del extracto de azafrán en el tratamiento de la depresión y la ansiedad, pero aunque existen estudios que demuestran que puede inducir efectos beneficiosos sobre la duración y calidad del sueño, aún no se ha investigado su efecto sobre la calidad del sueño utilizando herramientas objetivas. Por ello, se realizó un estudio controlado, aleatorizado, doble ciego, en sujetos que presentaban un trastorno del sueño de leve a moderado asociado a ansiedad. Participaron sesenta y seis sujetos que fueron aleatorizados en dos grupos, que recibieron o un placebo (maltodextrina) o un extracto de azafrán (15,5 mg al día) durante 6 semanas.

Para recopilar de forma objetiva los datos relacionados con la calidad del sueño se empleó la actigrafía al inicio, a la mitad y al final de la intervención. La calidad del sueño también se evaluó mediante los cuestionarios de evaluación de sueño de Leeds (LSEQ) y el de Pittsburgh (PSQI) y la calidad de vida con el cuestionario short form-36 (SF-36). Tras seis semanas de suplementación con azafrán se observó una mayor permanencia en la cama evaluada por actigrafía, una mayor facilidad para conciliar el sueño evaluada por el cuestionario LSEQ y a una mejor calidad del sueño, latencia del sueño, duración del sueño y puntuaciones globales evaluadas por el cuestionario PSQI, mientras que esos parámetros no se vieron modificados por el placebo.

En comparación con los somníferos químicos, esas mejoras deben considerarse modestas pero interesantes e importantes en comparación con otros suplementos dietéticos y/o productos de fitoterapia, según los datos de actigrafía.

El mecanismo de acción del extracto de azafrán sobre la calidad y la duración del sueño no se conoce del todo. Se sabe que el safranal activa las neuronas promotoras del sueño del núcleo preóptico ventrolateral e inhibe las neuronas promotoras de la vigilia del núcleo tuberomamilar in vitro. En ratones, las crocinas modulan el sistema de excitación histaminérgico o colinérgico para inducir el sueño no REM. Además, el extracto de azafrán y sus compuestos activos son bien conocidos por modular los niveles de serotonina, dopamina, norepinefrina, glutamato y neurotransmisores GABA-A y la regulación de los niveles cerebrales de esos neurotransmisores por el azafrán probablemente contribuya en gran medida a los efectos positivos del azafrán en la calidad del sueño.

En conclusión, esos resultados sugieren que el extracto de azafrán podría ser una estrategia nutricional natural y segura para mejorar la duración y la calidad del sueño en la población que presenta trastorno primario crónico del sueño leve a moderado.

Fuente bibliográfica: Pachikian BD, CopineS, Suchareau M, Deldicque L. Effects of Saffron Extract on Sleep Quality: ARandomized Double-Blind Controlled Clinical Trial. Nutrients. 2021 Apr27;13(5):1473. doi: 10.3390/nu13051473. PMID: 33925432; PMCID: PMC8145009.

viernes, 18 de junio de 2021

Incontinencia urinaria

La incontinencia urinaria es la pérdida del control de la vejiga o incapacidad de controlar la micción que afecta más a personas mayores y sigue siendo un problema infradiagnosticado e infratratado, influyendo en esta situación diferentes circunstancias, como los sentimientos de vergüenza, la aceptación de que es un problema irresoluble, involutivo y normal que aparece con el envejecimiento, la falta de formación específica y de sensibilización de los profesionales sanitarios, etc. Constituye uno de los problemas crónicos que más merma la calidad de vida de las personas que la sufren, ya que incluso, los pacientes mayores declaran tener más problemas de movilidad que los que sufren artrosis, artritis o reumatismos, mientras que otros refieren mayor riesgo de caídas debido a la urgencia por encontrar un baño, o problemas de sueño y fatiga durante el día por tener que levantarse por la noche para orinar. Los efectos psicosociales de la incontinencia suelen llevar implícitos numerosos trastornos emocionales, entre los que se encuentran la pérdida de autoestima y la discontinuidad en las actividades laborales, sexuales y sociales.

El progresivo incremento de la esperanza de vida y el paulatino envejecimiento de la población española va a suponer el aumento del número de afectados. Al menos, entre un 10 y un 20 por ciento de los mayores de 65 años que viven de forma independiente en sus domicilios sufren incontinencia y cuando necesitan ser ingresados en residencias por necesidad de cuidados, su frecuencia alcanza al 60-80 por ciento de ellos. La prevalencia de la incontinencia urinaria aumenta con la edad y es más frecuente en la mujer que en el varón por la influencia que la multiparidad desempeña sobre el suelo pélvico, provocando una mayor debilidad y pérdida de su resistencia, así como al hipoestrogenismo que se establece a partir de la menopausia.

Existen varios tipos de incontinencia urinaria:

  • Incontinencia de esfuerzo. La orina se escapa en pequeña cantidad al ejercer presión sobre la vejiga al toser, estornudar, reír, hacer ejercicio o levantar algo pesado. Esta forma de incontinencia se relaciona con debilidad o fallos en la musculatura del suelo pélvico, casi siempre debido a los partos múltiples, la obesidad, las operaciones ginecológicas o prostáticas, la pérdida de elasticidad y tensión que se incrementa también con los años y el déficit estrogénico que tiene lugar en la menopausia.
  • Incontinencia de urgencia. Existe una necesidad repentina e intensa de orinar, seguida de una pérdida involuntaria de orina. Es posible tener que orinar con frecuencia, incluso durante toda la noche. La incontinencia imperiosa puede deberse a una afección menor, como una infección o hiperplasia benigna de próstata, o a una enfermedad más grave, como un trastorno neurológico (ictus, Parkinson, demencia…) o diabetes.
  • Incontinencia mixta. Se producen más de un tipo de incontinencia urinaria a la vez.

El tratamiento debe iniciarse con las medidas más básicas y sencillas, para plantear posteriormente y dependiendo del tipo de incontinencia el tratamiento farmacológico, e incluso en algunas personas mayores bien seleccionadas, un tratamiento quirúrgico.

Algunas de las medidas generales y básicas son evitar el consumo de sustancias excitantes (alcohol, café, cola, té); evitar la ingesta de líquidos por las tardes-noches; salir de casa con la vejiga vacía; utilizar ropa con sistemas de apertura y cierre sencillos (elásticos o velcros); reducir o cambiar los fármacos potencialmente implicados en la aparición de incontinencia urinaria (diuréticos, psicofármacos); evitar el estreñimiento; facilitar el acceso al retrete y la utilización del orinal, cuña o botella cuando precise; técnicas de modificación de conducta: como los ejercicios del suelo pélvico; el reentrenamiento vesical o las micciones programadas.

Los casos de incontinencia urinaria de esfuerzo requieren fortalecer el suelo pélvico, por lo que debe indicarse la realización de un programa de gimnasia destinada a tonificar esta musculatura. La técnica más extendida es la realización de los ejercicios de Kegel y el empleo de conos vaginales de diferentes pesos. Los resultados positivos de esta primera medida, siempre y cuando sea instaurada en las fases iniciales de la patología, están sobre el 80%.

Donde los fármacos han demostrado una mayor efectividad es en la incontinencia de urgencia, destacando sobre todo los antimuscarínicos (fesoterodina, oxibutinina, flavoxato, solifenacina, cloruro de trospio), contraindicados en algunas enfermedades (deterioro cognitivo, demencia, glaucoma, arritmias o insuficiencia renal). Sus efectos secundarios, fundamentalmente la sequedad de boca, la taquicardia y la excitación, son muy graves en algunos pacientes, que en ocasiones deben abandonar el tratamiento. También existen plantas medicinales cuyos alcaloides tienen ese mismo efecto (antimuscarínico, anticolinérgico o antiespasmódico), como la hioscina o escopolamina (del beleño -Hyoscyamus niger-) y la atropina (de la belladona -Atropa belladona-), usados ya en Egipto, China e India hace 4000 años, pero por sus efectos secundarios y riesgo de toxicidad, no se recomienda su uso a no ser en forma de preparados farmacéuticos bajo supervisión médica. Un grupo más reciente de fármacos lo constituyen los agonistas beta-3 adrenérgicos (mirabegrón) con la misma efectividad clínica que los antimuscarínicos, y tal vez menos efectos adversos, aunque con menor evidencia científica. En algunos casos de incontinencia de esfuerzo, ciertos fármacos como la duloxetina, pueden ser efectivos, aunque en este tipo de incontinencia es donde las técnicas quirúrgicas (como los cabestrillos uretrales o la colposuspensión) tienen un papel más destacado. Otras plantas medicinales estudiadas en el tratamiento de la incontinencia urinaria, son el kalanchoe (Bryophyllum pinnatum) y el gegen (Puerariae lobatae, de donde se prepara también el kudzu), aunque los resultados por ahora son solo preliminares. Por último, se han ensayado instilaciones con pimienta de cayena (Capsicum annuum) que provoca la desensibilización de la vejiga, así como con toxina botulínica para el control de la urgencia miccional.

Históricamente, la vejiga y la orina se han considerado estériles, pero las nuevas técnicas diagnósticas han demostrado la existencia de una amplia gama de organismos como Lactobacillus, Corynebacterium, Streptococcus, Actinomyces, Staphylococcus, Gardnerella y Bifidobacterium que podrían estar implicados en la disfunción del tracto urinario inferior. Existen diferencias del microbioma entre los diferentes subtipos de incontinencia urinaria y los individuos asintomáticos y que además pudieran ser las responsables de la respuesta o no al tratamiento anticolinérgico. Otro factor a considerar es la contribución de los bacteriófagos (virus que infectan a las bacterias) al microbioma urinario, que podrían contribuir a la salud del tracto urinario. Recientemente, se realizó una observación interesante en pacientes sometidos a trasplante de microbiota fecal. Un año después del trasplante, el número de infecciones urinarias recurrentes disminuyeron de 4 a 1, mientras que, en el grupo de control, el número no cambió, por lo que se sugiere una posible relación entre la microbiota intestinal y las comunidades microbianas de la vejiga. La evidencia sugiere también que la vagina y la microbiota urinaria están interconectadas. A medida que aumente nuestro conocimiento de la microbiota urinaria, deberíamos esperar poder diferenciar los organismos comensales comunes de los colonizadores bacterianos que probablemente tengan un efecto negativo en la función urotelial y potencialmente conduzcan a hipersensibilidad de la vejiga y posiblemente los probióticos especialmente del género Lactobacillus dirigidos a la vejiga pueden convertirse en los próximos agentes terapéuticos en la salud de la vejiga.

La enuresis nocturna, es otra forma de incontinencia urinaria que tiene lugar por la noche en el niño mayor de 5 años. Afecta a casi el 20 por ciento de los niños de 5 años y un 10 por ciento de los de 10 y en el 85-90 % de los casos es hereditario. Cuando el niño no ha estado seco por las noches durante un periodo superior a 6 meses, se la llama primaria, y si ha existido un periodo de continencia nocturna superior a seis meses y vuelve a mojar la cama, secundaria, que suele ser consecuencia de una situación estresante vivida por el menor (divorcio de los padres, nacimiento de un hermano, problemas escolares…) o por el agravamiento de alguna enfermedad que favorezca la enuresis, como el estreñimiento, disfunción del tracto urinario inferior, apnea del sueño, diabetes, hipotiroidismo o enfermedad renal crónica.  Esta situación puede deteriorar de una forma importante la calidad de vida del niño, desde el punto de vista social y psicológico, generando un importante estrés, disminución del rendimiento escolar y depresión. Este trastorno, está infradiagnosticado, ya que sólo uno de cada tres niños está diagnosticado, debido a que muchas veces los padres lo ocultan -sobre todo cuando uno de los padres lo ha padecido-  y otras le restan importancia al problema considerando que ya se corregirá solo y piensan que el pañal es un buen remedio cuando el niño moja la cama, lo que hace que se cronifique el problema.

Las estrategias más comunes utilizadas por los padres para manejar esta situación son despertar al niño durante la noche para que orine y limitar la ingesta de agua antes de acostarse. Las terapias conductuales o educativas para la enuresis, como la uroterapia (programas conductuales en los que se enseña a los niños -y a veces a los cuidadores- cómo funciona la vejiga, las posturas y los métodos adecuados para ir al baño, los horarios para ir al baño y la planificación de qué y cuánto beber) o el entrenamiento muscular del suelo pélvico están ampliamente aceptadas y se consideran como una opción de tratamiento en estas situaciones, jugando el empleo de fármacos  un papel secundario. También se propone como tratamiento además del manejo conductual, los dispositivos de alarma que despiertan al niño cuando notan la humedad y la desmopresina que es un análogo sintético de la hormona antidiurética, solos o combinados.

Existen estudios etnofarmacológicos sobre el empleo de plantas medicinales practicado por curanderos y herbolarios tradicionales en diferentes áreas del planeta para el tratamiento de la enuresis, donde entre las diferentes plantas medicinales empleadas, destacan el hipérico, el aceite esencial de ciprés, la biznaga, la cúrcuma, el lúpulo y el azafrán. De menor importancia y efectividad, están las bayas de saúco, el aguacate o el regaliz. La efectividad de estas plantas medicinales, se basan en el uso tradicional, pero no está validada por ensayos clínicos, lo que no quiere decir que no pudieran mostrar una cierta eficacia, simplemente que no se han estudiado. Sí existen pequeños estudios con el Yokukansan, un remedio de la medicina tradicional japonesa basado en una mezcla de plantas medicinales aprobado por la Agencia Japonesa de Medicamentos que se emplea para el nerviosismo, insomnio, enfermedad de Parkinson y los terrores nocturnos y rabietas de los niños, que ha mostrado su efectividad en la enuresis infantil.

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sábado, 3 de abril de 2021

Alergia primaveral

De una forma simplista, podemos decir que la alergia es aquel proceso que tiene lugar en nuestro organismo, cuando nuestro sistema inmunitario da una respuesta exagerada a cualquier estímulo externo. En condiciones normales, supongamos que estamos respirando partículas de polen, en nuestro aparato respiratorio se desencadenan respuestas como el estornudo o la tos para evitar que entren éstas en nuestras vías respiratorias, aumenta la secreción de moco y se cierran un poco los bronquios para evitar que penetren más profundamente esos pólenes y se queden pegadas en la mucosidad. Si esto mismo se produce de forma intensa y con cantidades mínimas de polen apareciendo tos continua, salvas de estornudos, aumento de la secreción de mucosidad y broncoconstricción intensa, efectivamente estaremos evitando la entrada del polen, pero de una forma que también estaremos provocando daños en nuestro organismo, y es esta forma de reaccionar excesiva, lo que conocemos como alergia. Aunque es raro con las alergias a pólenes, a ácaros o a epitelios de animales y es más propio de reacciones alérgicas a medicamentos o a alimentos, se puede provocar una respuesta tan intensa que puede poner en peligro la vida de quien la sufre, al producirse una afectación de todo el organismo con hipotensión y dificultad respiratoria, denominada shock anafiláctico y que constituye una emergencia médica.

Las alergias están en un claro aumento de su incidencia en la población general, pues se calcula que en la actualidad con respecto a los datos de hace los últimos 40 años, el número de alérgicos a determinadas sustancias se ha duplicado e incluso en algunas alergias, triplicado, estimándose que el 25% de los niños en la actualidad ha sufrido alguna alergia, y es que, en el desarrollo de esta patología, cada vez tienen más peso los factores medioambientales frente a los puramente genéticos. Los últimos datos, nos avisan de que en dos décadas es posible que el 50% de la población de países industrializados haya desarrollado una alergia.

Entre las causas que están provocando el aumento de la incidencia está sin lugar a dudas, el auge de la industria química, que cada vez lanza nuevas sustancias y en mayor cantidad a nuestro entorno, pudiendo actuar como alérgenos o sustancias capaces de provocar una alergia, ya sea en lo que comemos, en lo que respiramos, o en todo aquello que entra en contacto con nuestra piel. Pero estas sustancias químicas también pueden actuar por otro mecanismo mediante el que amplifican e intensifican la respuesta alérgica o favoreciendo la penetración de estas sustancias en nuestro organismo. En este sentido, hace unos años se publicó un estudio realizado en Japón en el que se comprobó que los niños que vivían cerca de autopistas tenían más alergias y eran más intensas que los niños que residían en zonas rurales con una mayor concentración de pólenes. Por si esto fuera poco, estas partículas procedentes de la combustión sobre todo de los motores diésel, también nocivas para las plantas, son capaces de provocar que éstas fabriquen ciertas proteínas para defenderse, proteínas que las hacen más alergénicas. Estos hechos se han podido comprobar en estudios realizados también en España como el llevado a cabo en el hospital Vall d´Hebron de Barcelona.

La otra vía por la que están aumentando las alergias, está explicada perfectamente por la “teoría higienista”, que defiende que un exceso de higiene y un ambiente excesivamente estéril en los primeros años de vida, donde a los niños se les vacuna frente a cada vez más virus y bacterias, se emplean numerosos antibióticos frente a cualquier infección, se esteriliza todo lo que nos rodea (biberones, chupetes, suelo,….), provoca que nuestro sistema inmunitario preparado para defendernos de gérmenes y que necesita para su maduración de los estímulos microbianos, al “verse sin trabajo” se dedique entonces a defenderlo de otras sustancias que no son patógenas, identificando una simple partícula de polvo, de polen o del pelo del gato como un cuerpo extraño peligroso, o incluso cometa errores por esa falta de “entrenamiento” reaccionando de forma anómala frente a sustancias que no tendrían por qué provocarnos una alergia.

Estos hechos explicarían la paradoja de por qué hay más personas con alergia y con síntomas mucho más importantes en zonas urbanas frente a las zonas rurales y debe quedar claro que no estoy invitando a rechazar la higiene, los planes de vacunación o los antibióticos cuando son necesarios, pero sí es cierto que deberíamos de sobreproteger menos a nuestros menores y a nosotros mismos.

Las alergias a los pólenes, aparecen cuando se produce la polinización, siendo diferente para cada planta o especie vegetal, por lo que podemos ver cómo hay personas que sus síntomas los experimentan en diferentes momentos del año. Lo normal es que los síntomas se circunscriban a la zona de las vías respiratorias altas, apareciendo como síntomas, el picor nasal, de ojos o incluso oídos, el aumento de la secreción nasal en forma de mucosidad muy fluida y poco adherente y los estornudos en forma de salvas. Es lo que se conoce como fiebre del heno. A veces los síntomas pueden afectar a las vías respiratorias bajas apareciendo con dificultad para respirar, siendo incluso audibles sin necesidad de un fonendoscopio los llamados pitidos o sibilancias con el consiguiente desarrollo del asma bronquial. Además, cada vez son más frecuentes las alergias a diferentes elementos, no ya sólo a pólenes, sino que coexisten por citar un ejemplo con alergias al epitelio del perro y a la leche.

Las pruebas alérgicas tienen solo una justificación cuando se propone como tratamiento el empleo de las vacunas, ya que, para elaborarlas necesitamos conocer a qué se es alérgico. Estas vacunas contienen una pequeña cantidad de esa sustancia a la que somos alérgicos que se va aumentando en cada dosis para que nuestro cuerpo se vaya acostumbrando y la tolere, que es lo que se conoce como “desensibilización”, considerándose el único tratamiento capaz de modificar el curso natural de la enfermedad. Sin embargo, las vacunas solo son eficaces frente a los alérgenos que nos hemos vacunado (puede haber otros muchos más, ya que es imposible hacer pruebas cutáneas para todos los pólenes de plantas o todos los epitelios de animales). Una vez terminado la vacunación, algunas personas pueden no volver a tener síntomas frente a los alérgenos que se habían incorporado en la vacuna, pero otras con el tiempo pueden volver a presentarlos o incluso manifestar alergias nuevas.

En cuanto al tratamiento, las alergias se tratan con antihistamínicos y corticoides en los casos de peor control a los que se pueden asociar broncodilatadores si está comprometida la función respiratoria. Frente a estos medicamentos no exentos de efectos secundarios, disponemos de numerosos recursos no farmacológicos capaces de controlar los síntomas del proceso alérgico, pudiendo combinarse remedios que disminuyen la respuesta alérgica con otros que cubren los síntomas locales. Entre las plantas medicinales capaces de modificar la respuesta alérgica, tenemos numerosas opciones, entre las que podemos destacar:

  • Onagra (Oenothera biennis): Tiene propiedades antihistamínicas, por lo que puede ser muy útil para las urticarias en ingesta oral y para los eccemas provocados por la alergia cuando la aplicamos tópicamente. Su uso previene la aparición de alergias respiratorias y reduce sus síntomas.
  • Reishi (Ganoderma lucidum): Posee distintos principios activos que actúan sobre el fenómeno alérgico, pues es antioxidante, antiinflamatorio, antihistamínico y en las concentraciones y cantidades adecuadas puede actuar como la cortisona.
  • Escutelaria (Scutellaria baicalensis): En este caso, ejerce una acción es similar a la que ejerce el cromoglicato disódico, impidiendo que los mastocitos liberen histamina. Además, contiene sustancias antioxidantes que neutralizan los efectos tóxicos de los radicales libres.
  • Sol de oro (Helychrisicum stoechas): Posee propiedades antihistamínicas que ayudan a contrarrestar los síntomas alérgicos.
  • Quercetina: Suele extraerse de la planta Sophora japonica L., pero está ampliamente distribuida en el reino vegetal, siendo la cebolla el alimento que la contiene en mayor cantidad. Inhibe la liberación de leucotrienos, que son los mediadores químicos responsables de la contracción de la fibra muscular lisa del árbol bronquial entre otros, relacionados con la broncoconstricción de los fenómenos asmáticos, por lo que es útil en el asma alérgico.
  • Grosellero negro (Ribes nigrum): Actúa sobre la glándula suprarrenal estimulando la síntesis de cortisol endógeno que tiene la propiedad de ser un gran antiinflamatorio y de tener los efectos de los corticoides sin los efectos secundarios de éstos.
  • Fumaria: Posee una acción muy importante antihistamínica, por ello se usa con éxito en las alergias y el asma.
Por último, como soluciones no farmacológicas, debe considerarse a la acupuntura y a la homeopatía que también han demostrado una alta eficacia pudiendo complementarse también muy bien con la fitoterapia. Como ve, existen multitud de opciones terapéuticas en el tratamiento de la alergia, pero recuerde que para elegir bien cuál es la que mejor puede irle a usted, debe consultar con un buen profesional.

martes, 16 de marzo de 2021

¿Pueden los probióticos ejercer algún papel en la COVID-19?


El papel de la microbiota digestiva y pulmonar y la utilidad potencial de la suplementación con probióticos en la COVID-19 no están completamente establecidos, aunque los resultados de estudios sobre otras enfermedades infecciosas parecen sugerir un efecto beneficioso. Los probióticos han demostrado eficacia en la prevención de infecciones de repetición de vías respiratorias, gastroenteritis infecciosas y sepsis, habiéndose asociado también con una menor incidencia de neumonías asociadas a ventilación mecánica en pacientes hospitalizados en unidades de cuidados intensivos.

En la COVID-19, los probióticos podrían tener un efecto terapéutico a través de diferentes mecanismos moleculares, capaces de influir tanto en la transmisibilidad del SARS-CoV-2 como en la respuesta inmunológica del huésped.

Como el virus SARS-CoV-2 se transmite también a través de las heces, especialmente en niños, la administración de probióticos podría interferir con este mecanismo reforzando la barrera epitelial intestinal y compitiendo directamente con la proliferación del SARS-CoV-2. Además, los probióticos específicos también son capaces de potenciar la respuesta inmune local y sistémica, implicando también al sistema respiratorio a través de una compleja red de interacciones con el sistema inmunológico y el microbioma respiratorio, creando un “eje intestino-pulmón” que finalmente favorecería el aclaramiento del agente infeccioso. De hecho, influir en el microbioma intestinal puede conducir a una mayor producción local y sistémica de diferentes citoquinas proinflamatorias con actividad antiviral, como los interferones tipo 1.

Además, los probióticos pueden mejorar la actividad del sistema inmunológico innato y adaptativo con diferentes mecanismos moleculares, entre los que se incluye el aumento de la expresión de los receptores tipo toll (TLR) y de la actividad de las células presentadoras de antígenos.

Aparte de los mecanismos moleculares, que sugieren una utilidad potencial de la suplementación con probióticos en la COVID-19, también se tienen datos interesantes de pacientes con otras viriasis como la infección por influenza.

En estos pacientes, la administración de probióticos se asocia con una mejoría clínica, con un aumento de la respuesta inmune adaptativa humoral y celular contra el virus y también con una mejor respuesta inmune humoral después de la vacunación.

Finalmente, el microbioma tiene un papel en la modulación de las respuestas inmunes e inflamatorias. Influye en el equilibrio entre los linfocitos T helper 17 (con actividad proinflamatoria) y linfocitos T reguladores (antiinflamatorio), evitando así la sobreactivación del sistema inmunológico. Por lo tanto, en la COVID-19 los probióticos podrían reducir los niveles sistémicos de citoquinas proinflamatorias, asociadas con la “tormenta de citoquinas”, y causar una elevación de las citoquinas antiinflamatorias séricas, como la IL-10.

Aunque representa una terapia adyuvante prometedora, se necesitan más estudios para definir la población que podría beneficiarse de la administración de probióticos. Además, es necesario definir mejor la cepa de probióticos (o una mezcla de cepas) que se utilizará, la posología y la duración de los tratamientos. En este sentido, es importante destacar que la mayoría de los estudios sobre la prevención de infecciones respiratorias pediátricas se realizan utilizando cepas de Lactobacillus, Bifidobacterium, o mezclas de ambas, con una duración variable, que suele oscilar entre 3 y 12 meses.

Bibliografía:

  • Hao Q, Dong BR, Wu T. Probiotics for preventing acute upper respiratory tract infections. Cochrane Database Syst Rev. 2015;2:CD006895.
  • Baud D, Dimopoulou Agri V, Gibson GR, Reid G, Giannoni E. Using probiotics to flatten the curve of coronavirus disease COVID-2019 pandemic. Front Public Health. 2020;8:186.
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  • Budden KF, Gellatly SL, Wood DL, Cooper MA, Morrison M, Hugenholtz P, Hansbro PM. Emerging pathogenic links between microbiota and the gut-lung axis. Nat Rev Microbiol 2017 Jan;15(1):55–63.
  • Dhar D, Mohanty A. Gut microbiota and Covid-19- possible link and implications. Virus Res. 2020;285:198018.
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viernes, 5 de febrero de 2021

Menor mortalidad por COVID-19 con un mayor nivel de omega-3 en sangre

No hay duda de que la actual pandemia de la COVID-19, está suponiendo un gran reto para la comunidad científica internacional. Se espera y desea, que las vacunas puedan retrasar en breve la propagación del SARS-CoV-2 y que los medicamentos consigan disminuir los efectos adversos de la infección, pero urgen medidas preventivas, que sean asequibles, seguras y de fácil acceso para la mayoría de la población. En la actualidad, se está acumulando numerosas evidencias sobre el potencial de la vitamina D, que al igual que los ácidos grasos omega-3, tienen múltiples efectos antiinflamatorios y también pueden reducir el riesgo de resultados adversos de COVID-19.

Un grupo de investigadores del Instituto de Investigación de Ácidos Grasos (FARI) y colaboradores del Centro Médico Cedars-Sinai en Los Ángeles y en el condado de Orange (Estados Unidos), han publicado en la revista ”Prostaglandins, Leukotrienes and Essential Fatty Acids” un estudio en el que se evidencia que tener unos niveles más altos de ácidos grasos omega-3 en sangre se relacionan con un menor riesgo de muerte por COVID-19.

Su trabajo, partió sobre la base de investigaciones previas, en las que se relacionaban a los ácidos grasos omega-3 de cadena muy larga (EPA y DHA) por sus propiedades antiinflamatorias, como posibles candidatos para reducir la morbilidad y la mortalidad por la infección por COVID-19.

Este estudio piloto se realizó en 100 pacientes para probar la hipótesis de que los niveles de EPA + DHA en los glóbulos rojos (índice Omega-3, O3I) estarían inversamente asociados con el riesgo de muerte tras analizar sus muestras de sangre extraídas en el ingreso hospitalario.

En la fase grave de la COVID-19, se produce una elevación rápida de citocinas inflamatorias, como las TNF-alfa, IL-1β e IL-6, que conducen a la llamada "tormenta de citocinas", por lo que, desde el punto de vista preventivo, sería importante minimizar la liberación de citocinas. Los ácidos grasos omega-3 de cadena muy larga (DHA y EPA) que se encuentran en los aceites de pescado, entre sus múltiples actividades biológicas incluyen directa e indirectamente la modulación de las respuestas inflamatorias y la liberación de citosinas y tener unos niveles altos de estos omega-3 en sangre, se asocian con niveles más bajos de citocinas inflamatorias circulantes, habiéndose comprobado que el EPA y DHA son precursores de un conjunto de mediadores que resuelven la inflamación (MRI; resolvinas, maresinas y proteínas) capaces de resolver de la inflamación aguda.

Los resultados confirmaron que el riesgo relativo de muerte fue aproximadamente cuatro veces mayor en aquellos con un O3I más bajo en comparación con aquellos con niveles más altos, lo que sugiere que estos ácidos grasos pueden ayudar a reducir el riesgo de resultados adversos en Covid-19.

Existe un debate científico sobre si son más aptos para mejorar los niveles de estos ácidos grasos en sangre los suplementos procedentes del pescado o del krill, pero a la luz de los resultados de las investigaciones, estos niveles se consiguen de forma más rápida e intensa con la toma de suplementos de krill.

Referencia bibliográfica: AsherA, Tintle NL, Myers M, Lockshon L, Bacareza H, Harris WS. Blood omega-3 fattyacids and death from COVID-19: A pilot study. Prostaglandins Leukot EssentFatty Acids. 2021 Jan 20;166:102250.